Marta Abiega
Antifascista

Necesitamos al antifascismo para no legitimar al fascismo

Dice la academia de la lengua que el odio es antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien. Y yo me pregunto, ¿odio a la extrema derecha? ¿Odio su discurso de odio? De los creadores de «los 6 de Zaragoza» llegó a la Audiencia Provincial de Bizkaia «los 9 de Atxuri», o cómo confrontar el fascismo sin caer en una condena injusta.

La extrema derecha llega a nuestros barrios para transmitir una ideología que va contra los derechos humanos y que hay que confrontar. Llega con su discurso populista de odio al diferente, de ensalzamiento del macho y el patriarca. Llega un día gris, porque el fascismo oculta la luz, a Atxuri, barrio obrero y multicultural que en 2018 fue pionero en la acogida en sus canchas de las personas migradas enviadas desde pateras en autobús a Bilbao, un barrio que ha sabido trabajar desde la autogestión y de manera dialogante los conflictos que en él han tenido lugar. No llegan de manera casual, anteriormente eligieron San Francisco.

Estructuralmente están y lo sabemos todas, detrás del grito de «maricón» de los asesinos de Samuel, detrás de los insultos racistas que se normalizan en los discursos de odio, detrás del grito, acallado por los medios, de los aficionados que exigen a Lamine Yamal que se vaya a vender pañuelos a los semáforos, detrás de esa idea perniciosa y caduca que situá el origen de la mujer en la costilla del hombre y que aumenta día a día la cifra de asesinatos machistas, detrás del negacionismo climático que añade grados a la temperatura de aire y mar...

Nos quieren hacer creer que en este sucedáneo de democracia que cada día tiene más dificultades para validarse y con este sistema judicial que exime de cárcel a empresarios pederastas y estafadores de guante blanco de las distintas tramas y a señoritos ladrones del agua que nutre la vida de los humedales, podemos ser públicamente y de manera orgullosa homófobos, xenófobos, patriarcales, terraplanistas y no pasa nada, porque somos impunes.

Hay quien piensa que ignorarles es la respuesta pero, a juzgar por los últimos resultados electorales de la Europa fortaleza, no parece que sea así.

Junto al partido de la ignominia, en un binomio que parece no marcar diferencia entre la tolerancia y la intolerancia, en su defensa, cómo no, la protagonista sempiterna de esta película de horror en la cual los valores están trastocados, no es otra que la Ley Mordaza creada hace más de 10 años y nunca derogada, ni tan siquiera por los que se definen como el gobierno de izquierdas más progresista de la historia que es, a su vez, el que mayor uso ha hecho de la misma. Una ley a la que se acoge un Estado al que solo le queda acallar a golpes, multas e incluso privando de libertad, las razones de quien disiente, sea en el ámbito del medio ambiente, de la vivienda o del antifascismo, como es el caso que nos ocupa. Porque los avalistas de este partido que respaldan con sus declaraciones la petición de más de ocho años para las personas imputadas no son otros que la policía vasca.

Ahora los antifascistas se enfrentan a penas elevadas y nosotras al miedo de que tanta mordaza nos haga ajenas a la injusticia y dejemos de tomar partido contra las agresiones en nuestros barrios, porque el fascismo se combate siendo antifascista y estar en el lado de quien no toma partido, también en este caso, es estar en el lado del agresor. La equidistancia tampoco aquí es buena consejera.

La vida me ha enseñado que a las provocaciones injustas hay que responderlas y siempre, siempre hay que confrontarlas. En Euskal Herria hemos sabido aplicar cordones sanitarios que los mantienen alejados de nuestras vidas y, en gran medida también, de las instituciones, dejando claro, una vez más, que somos una tierra antifascista tolerante y de acogida. Pero la extrema derecha, gracias a los poderes que la protegen, está ganando el relato de su normalización.

Estremece pensar que el nazismo salió de las urnas, pensar que fueron miles de personas las que lo normalizaron y legitimaron, pensar que la policía sea enviada a defender el fascismo.

Ocho de los nueve acusados llegaron a un acuerdo con la Fiscalía y la acusación, lo que permitió la eliminación de los cargos más graves, entre ellos el de «odio». Este pacto redujo las penas, que ahora oscilan entre los 7 y 16 meses de prisión. Pero uno de ellos se declaró inocente de los cargos y rechazó el acuerdo alegando motivos de conciencia. La sentencia aún injusta que le ha condenado a cuatro meses de cárcel le exime del delito de odio. Pero esta tragicomedia aún tiene más actos ya que Vox ha recurrido la sentencia exigiendo sea condenado también por ese delito.

La consigna liberadora del «Yo sí te creo» es válida también en la defensa del antifascismo. Me consta, porque le conozco y le creo, que no hubo más violencia que la que ejercieron los acusadores y la policía, qué paradoja. Por su parte hubo tan solo la crispación lógica de la confrontación oral a la pregunta qué propuestas políticas traía un partido declaradamente xenófobo a un barrio multicultural. Y esto nos sitúa en la disyuntiva entre la libertad de expresión y el derecho a la protesta.

Desgraciadamente el fantasma del régimen del 78, el cuarto poder, vive en todos los poderes, esos que nadie cree que estén separados. El legislativo con la ley mordaza, el ejecutivo ejerciendo la impunidad que le da su aplicación y el judicial condenando a prisión por delito de odio a quienes luchan contra él como ya ocurrió en el caso de los 6 de Zaragoza.

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